En un primer momento las piezas dialogan en torno a “las raíces del conflicto” y la historia de destierro que ha vivido el pueblo chocoano, que a su vez da lugar a la situación actual. Esta parte de la exposición da lugar a un relato de una verdad que no se remonta sólo a los límites temporales del conflicto armado colombiano, sino que reconoce cómo éste se ha alimentado de herencias coloniales y racistas que vienen de tiempo atrás, a la vez que se ha articulado con un proyecto de desarrollo basado en la explotación y el extractivismo que se entrelaza con el conflicto y el daño ambiental del territorio. En esta parte, piezas como la olla y la azotea hacen que el visitante se piense el desarraigo no sólo como un relato histórico sino como una experiencia colectiva que se alimenta de las vivencias y el pasado de cada uno. De esta manera, las piezas interpelan al visitante sobre sus raíces, su legado cultural y el papel de este tanto en las dinámicas del conflicto como en las prácticas de resistencia.

En la segunda parte de la exposición, las piezas nos van llevando a preguntarnos sobre cómo el conflicto que se vive en Quibdó afecta los cuerpos-territorios, en específico, los cuerpos de los jóvenes afrodescendientes, hombres y mujeres de manera diferenciada. Invita a pensar en la forma en que se construyen las fronteras invisibles en la ciudad así como el fenómeno del reclutamiento forzado de niños, niñas y adolescentes por parte grupos armados organizados. Esta parte de la exposición hace que como espectadores miremos de frente cómo los jóvenes viven el destierro de sus territorios, sus cuerpos y su cultura, fundiéndose en los flujos de la guerra que los instrumentaliza y les marca un destino del que buscan renacer.

Como último momento de la exposición, a partir de instalaciones, piezas sonoras y audiovisuales, se nos presentan las narrativas que tiene la juventud sobre su futuro: la sensación de desesperanza que viven quienes se encuentran en la guerra, pero también las narrativas de resistencia gestadas desde el cuidado, el autoreconocimiento, el empoderamiento y el trabajo colectivo. Esta parte de la exposición nos permite ver que en medio del oscuro panorama que vive la juventud quibdoseña, esta sigue resistiendo, y gestando futuros de paz desde el arte y la juntanza. Este momento de la exposición surge como una oportunidad para pensar nuestro rol en un contexto permeado por la violencia que a su vez requiere de espacios donde los jóvenes puedan desarrollarse por fuera de las dinámicas del conflicto y pensarse otros futuros posibles.